Gentrificación silenciosa

Hemos visto recientemente la rica experiencia de las protestas antigentrificación en México. También se percibe un aumento de consciencia sobre esta problemática en ciudades intermedias latinoamericanas, como el caso de Cuenca, Ecuador. Frente a esta realidad actual, que está operando en todas las escalas del planeta, desde lo global hasta nuestra cotidianidad, es necesario sumar en el campo de reflexión, porque como veremos, es una cuestión que afecta a la gran mayoría social de hoy y mañana.

Más allá del concepto clásico de “gentrificación” que se manifiesta trágicamente en el desplazamiento forzado de comunidades de sus barrios por su elitización o aburguesamiento, hay que considerar que existe una gentrificación expresada en dos dramas silenciosos: Primero, una gentrificación que no te expulsa sino te ahoga. La sienten vecinas y vecinos que se resisten a dejar sus casas o departamentos, a costa de pagar más en cuotas de arriendo o consumo de servicios. Esta dura resistencia limita las condiciones mínimas de bienestar o felicidad, porque en muchos casos, el porcentaje del sueldo restante es insuficiente para el desarrollo de unas relaciones sociales plenas.

En segundo lugar, este encarecimiento de la vida urbana anula la autonomía de las personas. Y la sufren todos quienes, viviendo con sus familias, desearían emprender un nuevo proyecto de vida. En este caso, la gentrificación silenciosa limita el desarrollo del individuo en la ciudad, restringe los lazos de convivencia social, formar una pareja o una nueva familia. Esta restricción urbana degenera en otras problemáticas como la migración, la expansión indiscriminada de la urbanización, y muchos de los problemas de desarrollo del campo o la ruralidad.

Ahora más que nunca, hay que entender la importancia del turismo en áreas gentrificadas. Pero el problema no es el turismo, sino la turistificación como fenómeno dependiente de la gentrificación. A saber, no se turistifica un barrio que no haya sido gentrificado y que no esté en medio de un proceso de gentrificación, porque allí no se han creado aún las condiciones para el consumo y la rentabilidad del espacio urbano. En otros casos, la industria turística desarrolla operaciones emergentes que sirven como una alerta de inversiones inmobiliarias que provocarán una gentrificación futura.

De este modo, es necesario desnaturalizar el principio de que uno debe ir a vivir donde pueda costearse, porque este cliché liberal atenta a las raíces de una ciudad vivible, verdaderamente justa, y al derecho a la centralidad (Derecho a la ciudad original). Entonces, es urgente adquirir conciencia sobre las implicaciones de un consenso turistificador en la sociedad y una economía turistificada que opera bajo la lógica de una economía urbana extractivista e insostenible, agrandando las brechas de desigualdad socioespacial.

Lo que sabemos hasta ahora de la gentrificación, también nos sugiere profundizar en los estudios sobre sus impactos y relaciones con los actores más influyentes en este fenómeno, ubicados, tanto en los lobbies del sistema inmobiliario y la industria turística (propulsados por medianos y grandes propietarios), como en la clase gerencial de las instituciones públicas. En este sentido, también es necesario indagar sobre la incorporación de otros actores relacionados con economías ilícitas que lavan dinero para el financiamiento y la inversión en el sector inmobiliario; y los medios de comunicación: grandes medios y la presencia “inofensiva” de “influencers” impulsando marcas urbanas para la extracción de rentas y la promoción de vidas fantasmales o vidas de selfie en nuestras ciudades.

En vecinas y vecinos, mediadores técnicos y organizaciones recae la responsabilidad de ampliar la pedagogía social sobre los impactos de este fenómeno, así como, sobre las acciones y las respuestas sociales frente a su expansión. La implicación de las generaciones más jóvenes es muy importante. En esta dirección, nos corresponde pasar de la pedagogía a la incidencia, con acciones más colectivas que individuales, que influyan en los tomadores de decisiones públicas, líderes y lideresas de barrios, tejiendo los sentidos cotidianos con los resultados de la investigación.

Luego de aclarar este panorama, se torna fundamental superar el negacionismo sobre la gentrificación en Cuenca: que es un asunto de otras ciudades o que los estudios son insuficientes. Las autoridades locales también deben superar la parálisis de que, si existiera gentrificación, tampoco se puede hacer nada frente al mercado del suelo y la vivienda, con sus leyes de la oferta y demanda. Sabemos que tales leyes no operan racionalmente en esos mercados que requieren y pueden ser regulados. Por ello, al corto y mediano plazo, urge caminar hacia construir regulación local y nacional. Y al mediano y largo plazo, se necesitan políticas, políticas y más políticas públicas para promover la vida en ciudades bajo regímenes de tenencia del suelo público y cooperativo. Dentro de estos planteamientos generales hay muchísimo que decir, pero me temo que fuera de ellos queda poco margen para cambiar la tendencia sobre el futuro de la vida en ciudades como Cuenca.

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