El derecho a quedarse en el barrio

Ya que nos hemos propuesto hablar sobre el futuro del pasado en el marco de los 25 años de la declaratoria de Cuenca (Ecuador) como patrimonio cultural de la humanidad, quisiera plantear la posibilidad de un nuevo derecho urbano, un estatuto pequeño que espero resista al tiempo y pueda ser útil para Cuenca y otras ciudades como Cuenca. Se trata del “derecho a quedarse en el barrio”.

El espacio de ocio es un espacio contradictorio, un espacio de consumo improductivo, donde se despliegan las estrategias del capital y sus ideologías. Su contradicción es que resulta muy sencillo pasar del espacio en el que consumimos, al consumo del espacio como tal. Esto hace que ciudades como Cuenca al ingresar en el mercado global de ciudades de ocio, termine por convertirse en una mercancía en sí misma; de la cual, la única opción es extraer ganancias.

Ahora bien, esto días, a propósito del aniversario de la declaratoria, he escuchado a otras compañeras y compañeros referirse a la cuestión de qué ciudad queremos para los próximos 25 años. Creo que preguntarnos particularmente por “la ciudad” es parte del problema, porque nos desconecta inconscientemente de la realidad social. Y hoy sabemos que el espacio es un producto social. Entonces, no se trata de qué ciudad queremos, sino de qué sociedad deseamos ser. ¿Queremos ser una sociedad individualista, aún más desigual, codiciosa, rentista, homogénea, una sociedad que tiene que vivir cada vez más lejos de su centro, donde no se conoce a nadie, y te conviertes en turista en tu propia ciudad? ¿O quisiéramos ser una sociedad cohesionada, tolerante, justa, solidaria, menos desigual… una sociedad dispuesta a llevar una vida tranquila, en común, y dispuesta a gozar de la cultura popular que emana. Esa ciudad apropiada con la que soñamos, no puede ser otra cosa que la sociedad que queremos ser, con su vida cotidiana, con sus grandezas y miserias, que es lo que sostienen, en definitiva, lo físico o edificado.

La situación es que el costo de la canasta básica familiar (CBF) de Cuenca es la más cara del país desde hace varios años. Sabemos que el salario básico no aumenta al ritmo del costo de la vida. Así, en octubre de este año, el costo de la canasta básica familiar en el país para una familia de 4 miembros llegaba a 805 dólares al mes; y para Cuenca, en la misma fecha, el valor llegó a 840 dólares. Cuando comparamos los valores de Cuenca con el promedio nacional, el rubro más representativo es el de la vivienda, puntualmente, el arriendo. Según los datos del INEC, el precio del arriendo en Cuenca, ha sido el más alto del Ecuador en la última década, ninguna ciudad del país nos supera en esto. De acuerdo a la CBF, en estos meses, el costo promedio del rubro vivienda en Ecuador es de 200 dólares, mientras que, en Cuenca el valor es 250 dólares. Sacando cuentas y basados en el ingreso familiar promedio a nivel nacional (858 dólares), una familia en Ecuador destina un 24% de sus ingresos al pago de vivienda. Mientras que, una familia que vive en Cuenca destina al pago de su vivienda el 30% del ingreso familiar, alcanzado los límites planteados en las recomendaciones de los propios «expertos en finanzas inmobiliarias».

La variación de los precios de la vivienda en Cuenca crece aceleradamente, como crecen nuestros premios internacionales, los rooftops, los Airbnb, los visitantes temporales, los Expats (o jubilados extranjeros) y los turistas de corta estancia. Por ejemplo, la ciudad pasó entre 2004 y 2016 de 1000 a 5000 expats, y de 2016 a la actualidad, algunas fuentes revelan que alcanzan los 10.000 retirados. En 2023, el número de turistas llegó 913.000 personas, y según la Fundación Turismo, dejó 10,3 millones de dólares. Se esperaría que este año se supere el millón de turistas que han visitado la ciudad. Así mismo, en 2023, la tarifa promedio diaria que un turista deja a la “ciudad” rodeaba los 95 dólares. ¿Pero, en cuántas manos se queda ese dinero y cómo se redistribuye? Necesitamos estudios más robustos y confiables sobre la redistribución de las ganancias del sector turístico y la precariedad del grupo empleado. En otras realidades, la brecha es abismal. Mientras la persona que tiende la cama cobra 2 dólares, la dueña de esa plaza cobra 200.

Estas condiciones hacen que las preocupaciones, sobre todo de las generaciones más jovenes (indistintamente de su clase social), difieran de los grupos y las generaciones que luchaban en los años 70 y 80 por salvar los edificios históricos de las demoliciones, y luego, por inventariar los bienes patrimoniales, y conservar la ciudad con sus ‘tradiciones’. Hoy, estamos luchando por vivir en esa ciudad y cuidarnos unos a otros. ¿Pero cuidarnos de qué? De que el rentismo inmobiliario, luego de extraer lo que queda de la ciudad, no se apropie también de nuestras vidas. Así es como se han hipotecado generaciones de jóvenes en el sur de Europa o en ciudades y costas de ocio global destinadas a la especialización turística y de servicios. Todo ello, perpetrado bajo una alianza o consenso espacial entre la industria turística y el sistema inmobiliario.

Los nuevos colectivos urbanos, en Ecuador, Latinoamérica y el mundo, estamos luchando por una vida real y auténtica en las centralidades, y creemos que el patrimonio cultural, tal como está siendo tutelado y gestionado, restringe esa posibilidad. No sólo porque es instrumentalizado para explotar las diferencias socioculturales o disolver la cultura local, sino porque se ha convertido en un dispositivo de desposesión en sí mismo.

Por mucho que planteemos una versión mejorada de la declaratoria patrimonial del 99, que ha auspiciado una sociedad rentista y un largo episodio de homogeneización y espectáculo urbano, mañana no va a amanecer una industria turística sensata que no quiera explotar todas las diferencias culturales; ni va a amanecer un lobby inmobiliario que defienda a los ciudadanos para acceder a una vivienda en la centralidad. Por eso, estoy invitando a hablar de la Cuenca post patrimonial.

¿Cuál puede ser esa Cuenca post patrimonial y cómo transitamos hacia ella? Sugiero que partamos de otra visión, un nuevo enfoque por la vida, los cuidados y la producción. Para ello, es necesario reemplazar la alianza en el espacio de la industria turística y el sistema inmobiliario por una nueva alianza entre las industrias limpias con manufactura local, y la innovación social generalizada, en el marco de la recuperación de una planificación pública y movilizadora, en la escala metropolitana y regional; garantizando un desarrollo equilibrado de las oportunidades en el campo y la ciudad.

No me desviaré hacia los asuntos de la planificación a gran escala que son fundamentales en este camino, pero poniendo el cuerpo en nuestras centralidades y barrios, también como vecino de San Sebastián, considero crucial que reaccionemos desde abajo con mayor organización en los barrios, trabajando en los ejes de los cuidados, la cultura popular y el turismo popular. Este ha sido el mejor antídoto, contra las pandemias de la gentrificación o el Covid19 en las ciudades del mundo. El municipio, pasando del negacionismo, puede adoptar este nuevo enfoque para liderar un plan ilusionante de retorno al centro, dejando atrás dos ideologías: primero, la densificación que nos expulsa, y luego, las creencias en la “socialización” de los procesos que nos gobiernan. No queremos ser “partícipes” de nuestra propia dominación, no somos números en hojas de asistencia.

Paralelamente a esta gran convocatoria, se deben identificar las zonas de vulnerabilidad residencial en la ciudad con el objeto de planificar zonas de decrecimiento turístico con moratorias en los permisos de funcionamiento. Esto debe permitir trabajar en planes de usos de suelo específicos para estas áreas. En las centralidades que son la gallina de los huevos de oro, porque albergan paisajes naturales –como las orillas de los ríos– o las áreas históricas, hay que avanzar con la implementación de equipamientos sociales de cuidados y solidaridad laboral. Es fundamental para el futuro, la adquisición de suelo público en esas centralidades para activar programas de alquiler social, o vivienda en sesión de uso y cooperativa. Debemos aprender de otras ciudades, donde se ha legislado para obligar a vivir en el inmueble que se ha comprado por 5 años como mínimo, esa es la base ética de una ciudad para vivir y no para especular, es decir, donde convive lo práctico con lo sensible, y no una sociedad rentista.

Finalmente, estoy seguro de que hay que conservar lo que tenemos y muchas cosas más, para el futuro, si. Pero no patrimonialicemos más de lo que hay, apropiémonos de lo que sea que nos haga bien, y cuidémoslo de que no se ponga a la venta por nada, o nosotros mismos terminaremos siendo intercambiados como mercancía. Hay que educar, hay que aprender, hay que hacer mucha pedagogía. Porque hoy, no se trata de si perdemos un monumento, un puente, una fachada o un inmueble patrimonial, hoy se resignifican los símbolos y se transforman las obras. Hoy no se trata de la restauración crítica sino de una crítica de la restauración a la carta con fines especulativos y de acumulación. Planifiquemos con la gente, no con inversores, ni inversores disfrazados de constructores, y conservemos juntos los bienes tangibles o intangibles que nos sirvan; que le sirvan a la gente común que aspira a estar en su barrio toda la vida, y también a los nuevos vecinos que llegan para quedarse. Este parece ser un derecho simple que el patrimonio debe tratar de comprender, más allá de lo edificado y de su propia historia.

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